Domingo, 08 de Febrero de 2026
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SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 30 de Mayo al 05 de Junio 2014

La otra educación

La otra educación

Luis Bárcenas Torres



El proceso educativo en los años de mi infancia transcurría todavía entre los deberes escolares los domésticos y los religiosos.

Como eran tiempos en que la industria todavía se reducía a pequeños talleres y las empresas a pequeños negocios; los hombrecitos tenían que reportarse en alguna hora de la tarde a la tienda o el taller a ayudar al padre y aprender el oficio. Las madres se encargaban de enseñar a las niñas los secretos de la cocina con la sazón familiar. Así muchos aprendieron el oficio del padre electricista, albañil, plomero, mecánico, agricultor, o aprendieron a pesar el frijol y el maíz, a medir las telas o a dar “el vuelto” en la tienda familiar.

Como mi padre era zapatero, a mi me encantaban particularmente los sábados, que era cuando los vecinos mandaban sus zapatos a bolear. Yo me encargaba de esa faena y al término de la tarde me embolsaba los diez o doce pesos del importe de las lustradas. Ya más grande mi padre me enseñó a coser las suelas corridas o medias suelas y luego me daba “mi domingo”, con el que me iba a rentar bicicletas a un taller que estaba cerca del cuartel.

La veneración a los padres y el respeto a los maestros era el punto de partida de aquel proceso educativo. “Amarás a tu madre y madre” nos decían en la doctrina y así era, a pesar de la severidad paterna. Eran tiempos en que a los padres se les saludaba con beso en la mano y se le hablaba de usted y las mujercitas, llegada la edad, le solicitaban permiso para empezar a maquillarse o ponerse zapatos de taconcito.

“Magister dixit”, era la premisa en la escuela, sobre todo cuando aquel decir iba acompañado de un reglazo o un jalón de orejas. Eran tiempos en que los maestros tenían facultades plenipotenciarias sobre el educando. Los padres encomendaban a la sapiencia de aquellos hombres o mujeres a sus vástagos con la autorización de regresarlos a casa sin orejas. Nadie decía nada, porque quejarse ante el padre de un correctivo magisterial exponía a la repetición del mismo en forma corregida y aumentada. Recuerdo el soplamocos que un día mi padre me acomodó entre quijada y oreja acompañado de la premisa: “A tu maestro lo vas a respetar como a mi”. No fueron pocas las veces en que el significado del refrán “la letra con sangre entra” fue verdad.

No me tocó el tiempo del pizarrín pero si el de los cuadernos Polito, los Toficos, los chicles Yucatán y los Tehuanos y con los veinte centavos que mi padre me daba me alcanzaba para esto y mucho más. Fue en tiempos de López Mateos cuando comenzaron a dar los Libros de Texto Gratuitos y los desayunos escolares, el “chocoleche”, le decíamos. En los desfiles del 16 de Septiembre y 20 de Noviembre las escuelas persumían la disciplina y marcialidad de sus contingentes. Había que “llevar el paso” o lucirse con las tablas gimnásticas del desfile de la Revolución.

La escuela, el hogar y la iglesia compartían armónicamente la responsabilidad educativa. Llegados los seis años había que ir a la doctrina o catecismo donde se nos preparaba para hacer la primera comunión. Los Mandamientos de la Ley de Dios, el Padre nuestro, el Ave María, el Yo pecador eran de memorización obligatoria, para que el gran día, generalmente el 12 de Diciembre, el postulante todo vestido de blanco, se iniciara en la práctica cotidiana de su religión.

La elección del padrino era asunto de profunda reflexión, porque además de ser un hombre o mujer con las cualidades, hábitos, costumbres y virtudes que el caso obligaba, se procuraba “que tuviera el modo”, es decir, la capacidad económica para que el padrinazgo, llegado el caso, se convirtiera en el futuro en mecenazgo de una carrera profesional. Mientras tanto, una medallita al término de la ceremonia, o un regalito en el cumpleaños del ahijado era de agradecerse.

Las cosas han cambiado. Hoy al acoso de los más grandes y el “nos vemos a la salida” o “el que escupa primero” le llaman bulling y los Derechos humanos son un argumento que dificulta o impide la función correctiva de los docentes o padres. Los ipads, laptops, celulares de última generación son también distractores de la clase más que herramientas para potenciar el aprendizaje.

Se ha descubierto que los chicos de ahora han reducido su vocabulario a cuando mucho ochenta palabras convertidas en verdadera monserga entre las que sobresale el “guey”, legalizada por Adal Ramones y ya parte del Lexicón de la lengua española. Así, México se convirtió en un país de gueyes. Las campañas para fomentar el gusto por la lectura obtienen magros resultados porque los muchachos prefieren ver todo en película siempre y cuando tengan buena animación digital.

Ahora los dos padres trabajan, los niños comen comida chatarra,”pitzas”, burgers y cuanto mugrero grasoso vendan, en casa son educados a base de internet y telenovelas y el Vitor, Facundo o el Chaparro son sus mentores. La Guerra de chistes y El Lavadero han sustituido la reunión familiar de la cena en la que se comentaban las vivencias del día y se fortalecían los lazos familiares.

El bulling mediático y gubernamental sobre los maestros con motivo de la “Reforma educativa” acabó de despojarlos de la poca autoridad para educar que les quedaba; ya no quieren llamarle la atención a nadie porque se les viene el mundo encima, mínimo los acusan de acoso sexual.

Cuando se habla de resultados educativos la escuela es el villano favorito y los maestros, mínimo, unos inútiles, borrachos y faltistas. Hoy, decía un Rector de la Universidad de Buenos Aires, los padres y los alumnos hacen causa común contra los maestros. Sin embargo, hay una verdad que subyace bajo la argumentación fácil, comodina y distorsionada de los medios y la sociedad: la educación que imparte la escuela no es peor que la que imparte el hogar.

 


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