Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 26 de Octubre al 01 de Noviembre 2012

María, Juana e Hilaria

María, Juana e Hilaria

Víctor Manuel Tovar González



María, como otras tantas mujeres de nuestro campo huasteco, se levanta todas las mañanas antes del amanecer para preparar los alimentos de su familia. Mientras su marido Chencho se va para la parcela a realizar el trabajo duro del campo, ése que las mujeres no pueden hacer, ése que a Chencho le da un estatus de varón en la comunidad, ella, cargando sobre su espalda a su hija menor, continúa con las labores del hogar. Por la tarde, después de dar de comer a los y los niños, se encarga de los animales y luego sale a la parcela a compartir las labores del campo. Por la noche, su esposo se reúne con el resto de hombres de la comunidad, toman unos tragos de "Yuco" platican, discuten y hasta toman decisiones.

Este es un espacio en el que ella no puede participar porque debe continuar con las labores domésticas, le toca preparar la cena y seguir cuidando de sus hijos e hijas. Alguna vez, quiso participar y hasta se unió con otras mujeres de la comunidad para reivindicar su espacio en la toma de decisiones de la comunidad. Pero no sirvió de nada. El miedo pudo con ellas, miedo al maltrato, miedo a la humillación, miedo a equivocarse. Miedo unido a una baja autoestima que se colaba en sus entrañas como un eco repitiendo lo que los hombres les decían: ellas no saben, ellas no pueden.

María vive en la zona rural de la Huasteca, alejada de todo. No sabe leer ni escribir, se comunica en lengua Tenek, no es dueña de las tierras en las que habita, siembra y cosecha, no cuenta con los servicios básicos, ni siquiera obtiene reconocimiento por su trabajo. María no lo sabe pero lo intuye: no disfruta de buena parte de sus derechos humanos.

Esta situación refleja la realidad de quienes, como María, se ven sumidas en un mar de obligaciones, cumpliendo las tareas productivas y reproductivas, pero excluidas de los espacios políticos, relegadas en la toma de decisiones, privadas de autonomía, ajenas a su condición de ciudadanas sujetas de derechos, ante la indiferencia de la sociedad y de los estados que no apuestan por una transformación real que revierta la subordinación de las mujeres.

¿Cómo podría María valorarse en una sociedad que le dice que no vale, no puede, no sabe? ¿Cómo alcanzar su propia autonomía para ser dueña de su vida cuando todo lo que ha escuchado desde su infancia es que la palabra de los hombres es la que cuenta, porque son ellos los dueños de lo que le rodea, los que tienen educación y prestigio, los que deciden y controlan los recursos productivos?

Aunque las mujeres soportan dobles y triples cargas de trabajo, asumiendo el trabajo gratuito del hogar, así como el trabajo productivo, no cuentan con el reconocimiento de su labor, que permanece casi invisible, como una característica de la sociedad patriarcal. ¿Dónde queda entonces su ejercicio de la ciudadanía?, ¿por dónde empezar?

Juana es otra mujer Tenek , el sol la espera de madrugada. Su andar despacio se confunde entre la penumbra del amanecer y el humo de fogón donde prepara los alimentos para sus hijos. Ellos, los hijos, tempranito también van a la escuela rural. Juana se ha quedado en la comunidad, en el solar, en la parcela, como el día en que él, su esposo, como el de tantas mujeres de nuestro campo huasteco, también se fue al norte, en busca del sueño americano. Los pequeños regresarán al rato. El esposo, no se sabe cuándo, quizás nunca regrese.

Se olvida de sí misma para convertirse en manos que trabajan la tierra, en pensamientos de nostalgia, en labores del hogar, en jornada laboral. Sus brazos abarcan el horizonte, el terreno, los surcos, la semilla. Envuelven también con amor a su familia, a los suyos. Su día es un trajín de lucha, soledad, trabajo y esperanza. La dureza de la vida no hace que pierda su esencia de mujer, su intuición, su amor a la vida, su ternura.

Hilaria es otra historia, también habita en la misma comunidad Tenek, pero a la inversa de sus compañeras María y Juana, su situación es más triste, si es que se puede, su familia no posee tierra, y por tanto tiene junto con su marido que dedicarse al jornal. Al igual que María y Juana, Hilaria se levanta antes que despunte el alba, pone el cafecito en la lumbre, y después prepara el lonche para irse al jornal. La jornada laboral de la mujer indígena jornalera, se incrementa al doble por el mismo ingreso económico, y en ocasiones sin ingreso, donde lo único que administra es la miseria familiar y el patrimonio familiar que se cargan y conservan, desde nuestros ancestros, son los valores morales de unidad, solidaridad y amor familiar.
María, Juana e Hilaria, son victimas de un sistema económico, político y antisocial. Aunque los informes oficiales señalan en el discurso mayor preocupación de nuestros gobernantes por atender la problemática de la mujer campesina, en realidad, es el sector de la población con menores oportunidades de desarrollo personal, educativo, cultural, profesional, laboral.

La mujer campesina vive los mayores índices de inseguridad, desigualdad, inequidad, marginación y exclusión social. Las estadísticas que refleja el INEGI, permiten comprobar que vivimos una sociedad de grandes contrastes sociales, donde el sistema democrático republicano y el modelo de economía abierta que vivimos en México, no son benévolos y mucho menos justos con el sector mayoritario de la población nacional. LAS MUJERES.

En el campo mexicano viven 13 millones de mujeres, de las 57.5 millones que cuentan el padrón nacional de 2010. De estas, 5.5 millones son indígenas que hablan un idioma materno, pero una de cada tres en edad de leer y escribir es analfabeta, por que no acude a ninguna escuela. Solo una de cada diez cuenta con educación media, por lo que el nivel de conocimientos de sus propios derechos humanos es sumamente limitado, siendo objeto de discriminaciones, explotación y exclusión.

En México existen 900 mil ejidatarias, comuneras y propietarias, la mayoría son mujeres de mas de 50 años depositarias de las tierras que han heredado al enviudar, pero no disponen de las parcelas ni las trabajan, ésta es una tarea de sus hijos u otros varones de la familia o definitivamente rentan la parcela cuando ya no hay fuerza para trabajarla, por lo que apenas sobreviven con pequeños ingresos, viéndose obligadas a vender el único patrimonio, la tierra.
Lejos de reconocer el importante papel que desempeña en la economía y su contribución al desarrollo en el campo, la mujer campesina, la joven jornalera, la niña rural, sufre aun de discriminación y de falta de apoyo social. La salud, la educación, el limitado acceso a programas crediticios y la marginación, son todavía dificultades que enfrenta la mujer rural en México y en el mundo. Señala la ONU que el 60% de las personas que sufren hambre crónica son mujeres y niñas.

Como resultado de políticas excluyente que limitan las oportunidades no solo a hombres, sobre todo a las mueres para estudiar y trabajar en condiciones de igualdad y equidad con los hombres. Nuestro sistema político reproduce y fomenta entre los ciudadanos prácticas de abuso, corrupción y agandalle, como principios de una supuesta cultura de éxito personal.

Una cultura mediocre y falsa que corrompe y degrada nuestra sociedad, destruyendo valores individuales, familiares y comunitarios, que promueve falsas expectativas que confrontan a nuestra sociedad, donde las mujeres son víctimas directas de la perversión de éste sistema, ya que representan la base estructural de la sociedad donde se encuentra mejor cimentados los valores del ser humano, el amor, la solidaridad, la equidad, la igualdad, la lealtad y la honestidad.

Pero directo lector de emsa Valles. Ud. ¿ha Leído si en la reforma laboral existe un apartado sobre el trabajo de la mujer campesina? O. ¿ha leído si nuestra futura primera dama se interese por estas compatriotas? Ojala y nuestros futuros gobernantes se interesen por resolver este tema toral de nuestro México. De lo contrario, al inicio de próximo sexenio, serán las hijas de María, Juana e Hilaria, las que se levantaran antes de romper el alba a poner el cafecito y a preparar el paupérrimo lonche, a lidiar con los hijos, las tareas del hogar, siempre como las escopetas, cargadas y detrás de la puerta, muchas veces golpeadas, humilladas y de pilón sin ningún reconocimiento.

 


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