Alejandro Zapata Perogordo
El movimiento por un México en Paz con Justicia y Dignidad, llevado a cabo hace unos días con la caminata desde Cuernavaca hasta el Zócalo capitalino, ni puede ni debe quedar ahí. La marcha quedó sujeta a críticas en relación a quienes se montaron de esa acción, para impulsar intereses diferentes a la convocatoria, o aquellos que simplemente lo tomaron como un canal de desahogo y la aprovecharon para lanzar improperios y consignas bajo la pasión del momento.
Todo ello es comprensible, explicable y en muchos casos hasta justificable. El hecho es que no podemos quedarnos impasibles cuando las verdaderas causas del origen de estas marchas tienen una gran profundidad; son razonadas y encuentran eco en la gran mayoría de las conciencias.
Muchos dirán que son personas adoloridas y esa parte no se niega, por el contrario, producto de ese dolor es que ha surgido el real sentimiento por hacer algo, compartir su ira, su coraje, su impotencia; pero también su esfuerzo, el llamado a la unidad, a la concientización, a la defensa de la dignidad y al valor de la libertad con tranquilidad y paz. Las marchas se convierten en una invitación para conquistar ese escenario.
Todo lo anterior me recuerda el extraordinario libro de Ortega y Gasset: “La Rebelión de las Masas”, encaminado a escudriñar la conciencia colectiva, impulsada por minorías, cuyos liderazgos mueven las almas, y cuando estas parten de causas específicas son justas. Hacer una convocatoria sólo para una marcha sería un verdadero desperdicio, por ello celebro la intención de darle continuidad a través de la propuesta, de pasar como dice María Elena Morera, del planteamiento, a los hechos.
El ex presidente Salinas, desde Madrid, se pronuncia y expone la necesidad de realizar un trabajo de base, que abra oportunidades de desarrollo para los jóvenes, que transite de la marcha al movimiento, así sucesivamente hubo un alud de ideas. Todas ellas, incluyendo los seis puntos consensuados y publicados, conducen a dos referencias obligadas: la primera, consiste en una omisión grave de las instituciones municipales, pues es precisamente en esa instancia, donde debe llevarse a cabo el acercamiento primario con la comunidad.
Siento que en muchas ocasiones estos movimientos se han convertido en máquinas corporativistas en busca del voto clientelar, y se han alejado de la función primordial de coordinar esfuerzos ciudadanos a través de la organización comunitaria. Este debe ser el punto medular para combatir con eficacia las grandes desigualdades, impulsar los valores que son el ámbito inicial del fortalecimiento del tejido social, por lo tanto, no es una cuestión menor.
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