Jueves, 26 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 27 de Febrero al 05 de Marzo de 2026

La responsabilidad informativa en la era digital

La responsabilidad informativa en la era digital



El riesgo de la desinformación en crisis locales

En días recientes, un caso relacionado con un autobús generó versiones encontradas. Unos afirmaban que había pasajeros; otros sostenían que la unidad iba vacía. La diferencia no es menor. Cambia por completo la dimensión del hecho.

Aquí surge un punto fundamental: la responsabilidad informativa. En la era digital, cualquier persona con un teléfono celular puede convertirse en emisor de contenidos. Eso democratiza la comunicación, sí, pero también multiplica la desinformación. Ante ello, el periodismo profesional tiene una obligación ética clara: verificar antes de publicar, contrastar fuentes, asumir la responsabilidad de lo que se dice.

No se trata de competir por el clic más rápido, sino por la versión más sólida. Hoy más que nunca, el ciudadano tiene la posibilidad —y la obligación— de contrastar. Con un par de búsquedas puede identificar quién firma una nota, qué medio la respalda, cuál es su historial y qué intereses lo mueven. La alfabetización mediática ya no es opcional; es una herramienta de defensa ciudadana.

FAKE NEWS Y VERDADES INCÓMODAS
El problema es que la desinformación no siempre surge de la ignorancia. A veces es deliberada. A veces responde a estrategias de polarización. Se crean narrativas para golpear adversarios, se construyen versiones para incendiar el ánimo colectivo y se explotan vacíos informativos para sembrar sospechas.

La polarización no es espontánea; es rentable. Divide audiencias, radicaliza posturas y convierte la conversación pública en un campo de batalla. Cuando se utiliza el disfraz del periodismo para operar agendas personales o políticas, el daño es profundo: se erosiona la confianza en todos, incluso en quienes sí ejercen con responsabilidad.

En ese contexto, el ciudadano queda atrapado entre versiones, rumores y medias verdades. Y lo más grave: comienza a desconfiar de todo. Cuando todo parece mentira, la verdad pierde valor.

TRANSPARENCIA O RUMOR: LA ENCRUCIJADA EDUCATIVA
Si la desinformación es un riesgo, el silencio oficial es gasolina pura para el incendio. Recientemente, una circular interna en el sistema educativo pretendió centralizar la comunicación sanitaria en una sola voz. El argumento: evitar información incorrecta. El resultado: abrir la puerta a la especulación.

Limitar la voz de directivos escolares frente a situaciones sanitarias no fortalece la certeza; la debilita. Cuando una comunidad educativa percibe un posible caso de enfermedad —sea sarampión, influenza o cualquier otro padecimiento— la necesidad de información es inmediata. Si la autoridad más cercana no puede hablar, el vacío se llena con rumores.

La comunicación de crisis exige rapidez, claridad y cercanía. Un secretario no puede, ni debe, convertirse en el único canal para informar sobre cada incidente en cada plantel. Eso no es control; es centralismo improductivo. Las escuelas necesitan protocolos claros de reporte, mecanismos de actualización periódica y transparencia directa con padres de familia.

El contraste es evidente cuando otras instancias optan por la comunicación preventiva: informar módulos de vacunación, cifras actualizadas, estrategias de contención. La información oportuna no genera pánico; genera confianza. El silencio, en cambio, multiplica la incertidumbre.

LA POLARIZACIÓN COMO INDUSTRIA LOCAL
En paralelo, la conversación pública se contamina con descalificaciones permanentes. Se normaliza el insulto, se caricaturiza al adversario y se sustituye el argumento por la burla. Esta degradación del debate no es anecdótica: debilita la cultura democrática.

Cuando la crítica se convierte en linchamiento sistemático, cuando la opinión se reduce a trincheras ideológicas, la sociedad pierde capacidad de deliberar con madurez. Y en ese terreno fértil prosperan tanto la desinformación como la opacidad.

No se trata de evitar la crítica; al contrario, es indispensable. Pero debe sustentarse en datos, en contexto y en responsabilidad. De lo contrario, terminamos atrapados entre fuegos: el de los accidentes evitables, el de la desinformación interesada y el del silencio institucional.

El incendio de un camión puede apagarse con agua y espuma. El incendio de la desconfianza social requiere algo más complejo: transparencia, profesionalismo y una ciudadanía que no se conforme con la primera versión que le ofrecen.

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