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Cielos vigilados y nervios en tierra

Cielos vigilados y nervios en tierra

Carlos Torres, especialista en aeronáutica y segur



Alerta aérea de Estados Unidos y sobrevuelos militares generan inquietud en México

En los últimos días, la relación entre México y Estados Unidos volvió a colocarse en el centro de la conversación pública, esta vez no por un anuncio diplomático ni por una declaración incendiaria, sino por algo que suele pasar desapercibido: el cielo. La emisión de una alerta por parte de autoridades estadounidenses para que algunas aerolíneas extremaran precauciones al sobrevolar zonas cercanas a México coincidió con reportes sobre el aumento de vuelos de aeronaves militares y drones frente a las costas del país. Bastó esa coincidencia para que la inquietud creciera y las especulaciones se multiplicaran.

En un entorno donde las aplicaciones de rastreo aéreo están al alcance de cualquiera y donde las redes sociales convierten a miles de usuarios en "especialistas" improvisados en seguridad aeronáutica, la narrativa se desbordó rápidamente. Hubo quien habló de espionaje, otros de presión militar y no faltaron quienes insinuaron escenarios de intervención. Frente a ese ruido, la presidenta Claudia Sheinbaum fue clara al pedir que no se generara pánico: no hay aeronaves militares sobrevolando territorio mexicano, sino espacio aéreo internacional.

Sin embargo, la aclaración presidencial no frenó del todo la conversación. Y es comprensible. Cuando se habla de aviones militares, drones y alertas de seguridad, la historia reciente y la geopolítica pesan.

UNA ALERTA QUE NO ES UNA DECLARACIÓN DE GUERRA
Para entender el fondo del asunto es necesario separar el hecho técnico de la interpretación política. La alerta emitida por la autoridad aeronáutica estadounidense no es una acusación ni un acto hostil, sino un aviso preventivo dirigido a aerolíneas comerciales. Su objetivo es advertir sobre posibles riesgos operativos ante la presencia de aeronaves militares o drones en zonas cercanas, algo que, desde el punto de vista de la seguridad aérea, es una práctica común.

Este tipo de notificaciones buscan proteger a tripulaciones y pasajeros, no enviar mensajes bélicos. En estricto sentido, se trata de un protocolo de precaución. El problema surge cuando esa información se lee fuera de contexto y se mezcla con el clima político, la desconfianza histórica y la ansiedad colectiva.

MÁS VUELOS, MÁS COOPERACIÓN
Es un hecho que se ha incrementado la movilidad de aeronaves estadounidenses en áreas como el Golfo de México, el Pacífico y la franja fronteriza. Pero también es un hecho que, desde hace más de un año, la cooperación en materia de seguridad entre ambos países se ha intensificado. Operaciones conjuntas, intercambio de información y vigilancia marítima forman parte de una agenda binacional enfocada, principalmente, en combatir el contrabando y el narcotráfico.

Ver este aumento de actividad aérea como un preámbulo de un escenario similar al de Venezuela resulta, cuando menos, exagerado. México no es Venezuela. La diferencia fundamental radica en la profundidad de la relación económica, comercial y diplomática entre México y Estados Unidos. El T-MEC, cuya revisión se avecina en el verano, es un factor de peso que condiciona cualquier decisión de presión extrema.

Si Washington quisiera ejercer una presión contundente, tendría herramientas mucho más eficaces que un despliegue aéreo simbólico: el comercio, los aranceles o incluso una renegociación del tratado sin Canadá serían movimientos de mucho mayor impacto.

EL FACTOR POLÍTICO Y LA PERCEPCIÓN PÚBLICA
Aun así, no puede negarse que estas señales forman parte de una estrategia de presión política. No necesariamente para intervenir, sino para mantener alineadas ciertas agendas. En ese sentido, los sobrevuelo, las alertas y los gestos de seguridad funcionan más como recordatorios de poder que como anuncios de confrontación.

El problema es que, en la era digital, la percepción pesa tanto como la realidad. Un avión detectado en una aplicación se convierte en "prueba" irrefutable para muchos usuarios. Un aterrizaje en Toluca desata teorías que van desde reuniones secretas hasta operativos encubiertos. La especulación encuentra terreno fértil cuando hay desconfianza y tensión previa.

TURISMO, AVIACIÓN Y OTRAS PRESIONES SILENCIOSAS
Mientras el debate se centra en drones y radares, hay otros frentes donde la presión estadounidense ya es tangible. El acuerdo bilateral de transporte aéreo sigue sin resolverse y mantiene limitadas las operaciones de aerolíneas mexicanas desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y el Felipe Ángeles. Esa decisión sí tiene consecuencias económicas directas y afecta la competitividad del sector aéreo nacional.

Al mismo tiempo, el turismo hacia Estados Unidos muestra señales de desgaste. La llegada del presidente Trump y su retórica han generado temor e incertidumbre entre viajeros internacionales, particularmente europeos y canadienses. Los aviones siguen volando llenos, sí, pero el flujo turístico ya no es el mismo.

En contraste, México aprovecha escaparates como la Feria Internacional de Turismo en Madrid, donde fue país anfitrión, para posicionarse como destino global. Con el Mundial de futbol en el horizonte, el país apuesta a colocarse entre los cinco más visitados del mundo, entendiendo que el turismo es la tercera fuente de divisas, solo detrás del petróleo y las remesas.

CALMA EN TIERRA FIRME
Al final, el mensaje es claro: no hay una amenaza inmediata, ni una invasión encubierta, ni un cierre de cielos. Lo que hay es una relación bilateral compleja, marcada por cooperación, presión y negociación constante. En ese juego, los cielos también se convierten en escenario simbólico.

Conviene no perder de vista la realidad entre tanto ruido digital. La seguridad aérea se gestiona con protocolos, no con rumores. Y la geopolítica, aunque a veces se refleje en los radares, se decide mucho más en las mesas de negociación que en las pistas de aterrizaje.

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