Luis Bárcenas Torres
Sin duda alguna, en los últimos cien años, Ciudad Valles ha sido el pueblo de mayor evolución social y económica del estado de San Luis Potosí. Sin embargo, a pesar de ser la población más antigua del estado, por casi cuatrocientos años Valles fue solo un caserío sin importancia que languidecía en sus tardes calurosas y sus noches llenas de mosquitos.
Muy poco se sabe de lo acontecido entre su fundación, el 25 de Julio de 1533 y la llegada del ferrocarril en 1890; como si la Historia no se hubiera inventado para nosotros o se le sepultara en una memoria sin retorno. Sus pocos habitantes fueron casi ignorados por los grandes movimientos de la historia patria.
Entre esas pocas cosas que se saben hemos rescatado algunos testimonios de personas que visitaron aquella población y que nos permiten saber cómo era la antigua Santiago de los Valles.
Allá por 1801 visitó la Villa de Valles el Teniente Coronel don Juan Antonio Del Castillo y Llata, en cumplimiento a una encomienda del Virrey Félix Berenguer de Marquina y Fitzgerald, para conocer la región con vistas a una reorganización administrativa episcopal.
"La Villa de los Valles, informó Del Castillo y Llata, está situada en el centro de un dilatado plan en que se abren las varias sierras que lo circundan y por consiguiente los caminos a todo rumbo hasta ocho leguas por lo menos, son llanos, abiertos y proporcionados aún para carruajes. Por sus inmediaciones, al oriente, sur y poniente, corre un hermoso río siempre perene y caudaloso que tiene el nombre de la villa de cuyas aguas se aprovechan aquellos vecinos y podrían aprovecharse mucho más si la incultura de sus almas no se midiera por los tamaños de su desolación.
El clima, como en lo de más de la costa y sus inmediaciones, es caliente, no en grado excesivo que lo haga intolerable pero sí lo es, para cualquiera que entra allí de nuevo, el enjambre de insectos nocivos de que abunda el aire, el piso y los bosques.
. . . la fábrica de la parroquia, es piedra laja, poco o nada porosa y menos susceptible de figura alguna"
Cuenta por su parte don Octaviano Cabrera Ipiña en su Monografía del Estado de San Luis Potosí, lo que un viajero de apellido Higareda decía en un artículo publicado en 1871 en el Periódico Oficial del Estado: "Valles sigue siendo una sórdida aldea de vaqueros sin ninguna importancia geográfica. El aspecto de la ciudad es muy miserable, teniendo toda ella un sello de ruindad y decadencia que inspira tristeza en el ánimo del que la contempla. No hay comercio, no hay industria, no hay nada de lo que contribuye a los goces de la vida social"
Hacia 1878, otro viajero refería: "La ciudad de Valles se haya reducida a un montón de jacales de palma colocados en forma de laberinto, una plaza o un cuadrado donde pastan animales de toda especie. Se ven fragmentos de edificios del siglo pasado y entre ellos, un jacalón deforme, vencido, que amenaza ruina con el nombre de iglesia".
A pesar de todo, Valles era "ciudad", según el decreto número 60 del Congreso del Estado, que ordenaba que todas las cabeceras de departamento y partido se denominaran ciudades y Valles era cabecera del partido integrado por los municipios de Tamuín, Tanlajás, San Vicente y Tanquián.
En la modorra del olvido nos sorprendió el ferrocarril en 1890 y con el poderoso silbatazo del tren de las 10.40 de mañana llegaron los inmigrantes, los comerciantes, el tranvía, la electricidad y el cine. Pequeñas posadas se convirtieron en los primeros hoteles, el comercio se animó. Y entonces, aquel Valles somnoliento antes anclado al río y sus caravanas de arrieros, abordó la mole de hierro hacia una decisiva etapa de progreso.
Hacia 1936 llegó el segundo gran impulso: la carretera Nacional. La ciudad cambió de orientación, la zona comercial se desplazó hacia el oriente. Llegó el auge de los grandes hoteles, las agencias de automóviles y las largas caravanas de tráileres con turistas norteamericanos.
Es necesario leer el testimonio de otro viajero para valorar la importancia del segundo aliento evolutivo. Hacia 1940, el Profr. Miguel Álvarez Acosta nuevamente está de paso por la ciudad rumbo a Xilitla. Huelga decir que la primera vez la travesía hacia aquella población huasteca fue de seis lluviosos días, cruzando las corrientes embravecidas de los ríos y expuesto a todos los riesgos del camino de herradura por el que lo conducían los arrieros.
Luego de desembarcar en la estación Álvarez Acosta nos cuenta: ". . .llegamos al centro comercial de la población, que no ocupaba ya el mismo lugar sino los flancos de la carretera. ¡Qué transformación más maravillosa se había operado en el que antes fuera un primitivo pueblo tropical! Valles había sido algo así como un puerto de tierra adentro. Ahora representaba el ahorro de la tenacidad y la paciencia, la muestra del vigor humano venciendo la terca defensa de los bosques, de la malaria, del ostracismo racial y de las costumbres-
. . .había dos ciudades con el mismo nombre que se disputaban la supremacía mientras iban creciendo contiguas, casi enlazadas. El Valles antiguo con sus poderosos aliados: el ferrocarril y el río y el Valles nuevo, con la carretera y su emporio de nuevos edificios.
El primero convocaba a la gente de sello huasteco inconfundible; la estación, su lodazal suburbano, su lupanar fétido bajo el puente, el río que en su margen frontera seguía albergando a los arrieros, mercaderes y traficantes de los alrededores. Allí estaba todavía el jacal con techo de lámina o zacate, el potrero con las recuas y el mostradorcito para el aguardiente.
Acá, en la ciudad nueva, el tráfico estaba monopolizado por gentes de otras partes: de Monterrey, de México, de Estados Unidos. El movimiento era cosmopolita, de puerto, de frontera. Allí el idioma inglés era indispensable. El automóvil era parte vital del movimiento; los hoteles confortables, de arquitectura nueva y atractiva.
. . .Allí no se buscaba sino excepcionalmente el revoltillo o la cecina; huevos con jamón o tocino, waffles, hot cakes, y, por aperitivo, en lugar del aguardiente de caña, con zarza o vainilla, el high ball de whiskey escocés . . . perceptible apenas, de allá , del otro lado del río, llegaba una música lejana . . .: era el huapango".
Valles se adaptaba a los cambios de la modernidad sin perder sus identidades. El progreso había llegado y Cd. Valles se convertía en La Puerta Grande de la Huasteca Potosina.
Acá, en la ciudad nueva, el tráfico estaba monopolizado por gentes de otras partes: de Monterrey, de México, de Estados Unidos. El movimiento era cosmopolita, de puerto, de frontera. Allí el idioma inglés era indispensable. El automóvil era parte vital del movimiento; los hoteles confortables, de arquitectura nueva y atractiva. . . Allí no se buscaba sino excepcionalmente el revoltillo o la cecina; huevos con jamón o tocino, waffles, hot cakes, y, por aperitivo, en lugar del aguardiente de caña, con zarza o vainilla, el high ball de whiskey escocés.
. . . perceptible apenas, de allá , del otro lado del río, llegaba una música lejana, aguzé el oído: era el huapango".
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