Héctor de Luna Espinosa
En Juan capítulo 14, Jesús nos dice: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay». Y luego, más adelante, nos asegura: «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare el lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis».
Todos sabemos lo que significa tener un hogar. Es el lugar donde nos sentimos seguros, amados y aceptados. Sin embargo, por bonito que sea nuestro hogar terrenal, la Biblia nos enseña que existe uno mucho mejor: el hogar celestial que Dios ha preparado para quienes le aman.
Jesús habló de este lugar para consolar a sus discípulos antes de su partida. Les recordó que esta tierra no es el destino final de los creyentes. Hay una casa eterna esperándonos.
Quiero resaltar 4 verdades.
En primer lugar, el cielo es un lugar preparado para los creyentes. Cuando Jesús nos dijo: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay», Jesús no habló de un lugar pequeño o limitado. Dijo que hay muchas moradas. Dios tiene un lugar para todos aquellos que ponen su fe en Cristo.
En segundo lugar, el cielo es una construcción de Dios. Muchas de las maravillas del mundo fueron construidas por hombres, pero el cielo es diferente. Segunda de Corintios 5:1 dice que tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Luego, Hebreos 11, versículo 10, habla de una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. Las mejores ciudades de la tierra tienen problemas, tienen deterioro e imperfecciones, pero el lugar celestial fue diseñado por el Creador del universo. Apocalipsis 21 describe calles de oro, puertas de perla y una gloria tan grande que no necesita sol ni luna, porque la presencia de Dios la ilumina.
En tercer lugar, en el cielo no habrá dolor ni tristeza. Apocalipsis 21, versículo 4, nos da una de las promesas más consoladoras: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor». Vivimos en un mundo marcado por enfermedades, pérdidas y sufrimiento. Todos hemos derramado lágrimas alguna vez, pero en el hogar celestial no habrá hospitales, funerales, despedidas ni sufrimiento. Todo lo que hoy causa dolor habrá desaparecido para siempre.
Y número 4, nuestro nombre puede estar registrado allí. Los gobiernos tienen registros de ciudadanos, las empresas tienen archivos de empleados, pero Dios tiene un libro donde están escritos los nombres de quienes le pertenecen. La pregunta importante no es dónde nacimos, cuánto dinero tenemos o qué hemos logrado en la vida. La pregunta es: ¿Está nuestro nombre escrito en el cielo? Jesús dijo a sus discípulos en Lucas 10, versículo 20: «Gozaos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos».
Pero ¿quién puede entrar? La Biblia no deja esta respuesta en duda, porque Apocalipsis 22:14 declara: «Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad». Nadie entra por sus buenas obras, religión o esfuerzos personales. Entramos porque nuestros pecados han sido lavados por la sangre de Jesucristo. Jesús murió en la cruz para perdonar nuestros pecados y abrirnos el camino al Padre. Él resucitó para darnos vida eterna. Por eso el cielo no es para personas perfectas, sino para personas perdonadas.
En conclusión, el hogar celestial es real. Es un lugar preparado por Jesús. Es una ciudad construida por Dios. Es un lugar sin dolor, sin muerte y sin lágrimas. Es un lugar donde los nombres de los redimidos están registrados y es un lugar al que pueden entrar todos aquellos que han sido limpiados por Cristo.
Si ya has entregado tu vida al Señor, vive con esperanza. Lo mejor aún está por venir. Pero si todavía no has recibido a Jesús como Salvador, hoy puedes hacerlo. La invitación sigue abierta.
Acompáñame a orar:
Señor Jesús, gracias porque has preparado un hogar eterno para quienes creen en ti. Gracias porque moriste en la cruz por nuestros pecados y resucitaste para darnos vida eterna. Hoy reconocemos que te necesitamos. Perdona nuestros pecados, entra en nuestro corazón y sé el Señor de nuestra vida. Escribe nuestro nombre en el libro de la vida y ayúdanos a vivir cada día con la esperanza del cielo. En tu nombre oramos. Amén.
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